viernes, 28 de septiembre de 2012

Un texto sobre mi abuelita Lucrecia Trujillo. Lo escribió una prima que no es escritora, pero a mi gustó mucho de todos modos. Ojalá les guste.



FOTOS de algunos de mis primos Quiñónez, de cuando eran niños.
En la foto de arriba la niña peinándose es Anita.



MI ABUELITA LUCRECIA


MIS  RECUERDOS



En ella están los mejores recuerdos de mi niñez, en esa casa, en esos árboles frutales; en las tardes jugando bajo el árbol de mango, rayando la pared que daba al patio; pisando descalza ese pasillo lleno de piedritas y hasta vidrios; ¡cuántas veces lo pasé así y nunca me corté!;  y sabiéndome querida, amada, protegida por un amor muy especial: Grande, fuerte, profundo, que llenaba el ambiente: El amor de mi abuelita; sus comidas tan únicas; afortunada me siento porque disfruté de ese amor, que fue tan determinante en mi educación.

Físicamente la sentía menudita, sencilla, humilde en trato social, discreta en su aspecto, pero un gigante de fortaleza, de astucia: Inteligente como ella sola; perceptiva, sobre protectora con sus hijos, en especial con mi tío Juanito – Era su vida; era su debilidad.

Con reglas muy marcadas en el orden de la cocina y aseo de su casa; en la sartén del frijol sólo se cocinaba frijol; en equis olla, sólo caldos; en el cacito del agua, agua; no se revolvían los estropajos de las sartenes con los de los vasos, y menos con los de limpiar; era difícil violar estas reglas; parecía que tenía ojos en todas partes, y un oído no humano; ya que a veces pensábamos que estaba dormida y queríamos tomar cualquier vaso, o algo así, y de repente se oía su voz: “Anita, lava ese vaso con el estropajo rojo”, o azul, el color en turno; o: “Anitaaa, ya te vi. Ese vaso no es tuyo” ¡Dios! ¡Qué tenia! ¡Qué don tenía para saber todo de todo! Había escobas para diferentes cosas, y trapeadores igual; no se valía sentarnos en las camas, ¡se deformaban!; la silla de vaqueta era su silla; le gustaba cantar, ir al mercado y escoger lo mejor; me tocó la fortuna de acompañarla varias veces; en aquel entonces no me gustaba; no soportaba el olor del mercado y me desesperaba la paciencia de ella para escoger lo mejor de lo mejor; y para esto recorríamos muchos puestos.

No le gustaba que le dijeran abuela. Una vez Sergio mi primo le dijo abuela; tenía como 6 o 7 años; y ella le dijo: “No me vuelvas a decir así”; y entonces él le dijo de nuevo: “¡Abuela!”, y salió corriendo al patio; y entonces mi abuelita le gritó: “¡Ora veras, travieso, te voy a lavar la boca con jabón!”; pensábamos que allí  había quedado todo, y como a la hora que regresó el ejército de primos a comer, tomó a Sergio de la mano y lo llevó al lava trastes, y le dijo: “A ver, pídame perdón”; ¡qué susto!; toda la primada estábamos anonadados con la tierna abuelita; ¿iba a hacer eso?; claro que no lo hizo; mi primo, sabiamente, por su propia seguridad, pidió disculpas; y ¡uf!, todos volvimos a retomar nuestro apetito y a comer en aquella mesa que tenía tantos recuerdos para mi; ¡qué felices éramos, allí, en casa de la abuelita! Jamás le pegó a nadie; sufría con los regaños de nuestros papás hacia nosotros. Otra vez el mismo Sergio gritó la palabra “menso” a alguien; entonces ya no era jabón; agarró unos cerrillos y dijo: “ ¡Ora veras. Te voy a quemar la lengua!”; no, no, no, ese primo Sergio nos tenía nerviosos a toda la infantada Quiñónez; entramos en shock: ¡Al Sergio le quemarían la lengua! Gracias a Dios no existían los celulares, y el teléfono era algo prohibido; si no, me imagino la de llamadas de auxilio a nuestros papás; pero el primo rebelde siempre sentaba cabeza y la abuelita terminaba dándole un beso en la frente. Recuerdo la vez que ella le dijo: “¡Qué bonito eres, Sergio! Te pareces a Alberto Vásquez”; e inmediatamente dijo él: “No, yo soy feo” “Pero nada de eso, Sergio, tú eres guapo”, responde mi abuelita; pero el chico rebelde recalcó: “Yo soy feo, porque mi papá dice que soy feo, ¡y quiero ser feo!”; ¡Uf, qué maravillosos días!



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