domingo, 30 de septiembre de 2012

PERDONEN MI DESCUIDO


El texto que escribí sobre mi abuelita Lucrecia, lo escribí directo en el blog; así que perdonen mis descuidos; de repente sentí muchas ganas de platicarles cosas de mi abuelita y no me contuve. Pero de todas formas creo que no estaba tan mal.  

Un abrazo, de Claudia.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Un texto sobre mi abuelita Lucrecia Trujillo. Lo escribió una prima que no es escritora, pero a mi gustó mucho de todos modos. Ojalá les guste.



FOTOS de algunos de mis primos Quiñónez, de cuando eran niños.
En la foto de arriba la niña peinándose es Anita.



MI ABUELITA LUCRECIA


MIS  RECUERDOS



En ella están los mejores recuerdos de mi niñez, en esa casa, en esos árboles frutales; en las tardes jugando bajo el árbol de mango, rayando la pared que daba al patio; pisando descalza ese pasillo lleno de piedritas y hasta vidrios; ¡cuántas veces lo pasé así y nunca me corté!;  y sabiéndome querida, amada, protegida por un amor muy especial: Grande, fuerte, profundo, que llenaba el ambiente: El amor de mi abuelita; sus comidas tan únicas; afortunada me siento porque disfruté de ese amor, que fue tan determinante en mi educación.

Físicamente la sentía menudita, sencilla, humilde en trato social, discreta en su aspecto, pero un gigante de fortaleza, de astucia: Inteligente como ella sola; perceptiva, sobre protectora con sus hijos, en especial con mi tío Juanito – Era su vida; era su debilidad.

Con reglas muy marcadas en el orden de la cocina y aseo de su casa; en la sartén del frijol sólo se cocinaba frijol; en equis olla, sólo caldos; en el cacito del agua, agua; no se revolvían los estropajos de las sartenes con los de los vasos, y menos con los de limpiar; era difícil violar estas reglas; parecía que tenía ojos en todas partes, y un oído no humano; ya que a veces pensábamos que estaba dormida y queríamos tomar cualquier vaso, o algo así, y de repente se oía su voz: “Anita, lava ese vaso con el estropajo rojo”, o azul, el color en turno; o: “Anitaaa, ya te vi. Ese vaso no es tuyo” ¡Dios! ¡Qué tenia! ¡Qué don tenía para saber todo de todo! Había escobas para diferentes cosas, y trapeadores igual; no se valía sentarnos en las camas, ¡se deformaban!; la silla de vaqueta era su silla; le gustaba cantar, ir al mercado y escoger lo mejor; me tocó la fortuna de acompañarla varias veces; en aquel entonces no me gustaba; no soportaba el olor del mercado y me desesperaba la paciencia de ella para escoger lo mejor de lo mejor; y para esto recorríamos muchos puestos.

No le gustaba que le dijeran abuela. Una vez Sergio mi primo le dijo abuela; tenía como 6 o 7 años; y ella le dijo: “No me vuelvas a decir así”; y entonces él le dijo de nuevo: “¡Abuela!”, y salió corriendo al patio; y entonces mi abuelita le gritó: “¡Ora veras, travieso, te voy a lavar la boca con jabón!”; pensábamos que allí  había quedado todo, y como a la hora que regresó el ejército de primos a comer, tomó a Sergio de la mano y lo llevó al lava trastes, y le dijo: “A ver, pídame perdón”; ¡qué susto!; toda la primada estábamos anonadados con la tierna abuelita; ¿iba a hacer eso?; claro que no lo hizo; mi primo, sabiamente, por su propia seguridad, pidió disculpas; y ¡uf!, todos volvimos a retomar nuestro apetito y a comer en aquella mesa que tenía tantos recuerdos para mi; ¡qué felices éramos, allí, en casa de la abuelita! Jamás le pegó a nadie; sufría con los regaños de nuestros papás hacia nosotros. Otra vez el mismo Sergio gritó la palabra “menso” a alguien; entonces ya no era jabón; agarró unos cerrillos y dijo: “ ¡Ora veras. Te voy a quemar la lengua!”; no, no, no, ese primo Sergio nos tenía nerviosos a toda la infantada Quiñónez; entramos en shock: ¡Al Sergio le quemarían la lengua! Gracias a Dios no existían los celulares, y el teléfono era algo prohibido; si no, me imagino la de llamadas de auxilio a nuestros papás; pero el primo rebelde siempre sentaba cabeza y la abuelita terminaba dándole un beso en la frente. Recuerdo la vez que ella le dijo: “¡Qué bonito eres, Sergio! Te pareces a Alberto Vásquez”; e inmediatamente dijo él: “No, yo soy feo” “Pero nada de eso, Sergio, tú eres guapo”, responde mi abuelita; pero el chico rebelde recalcó: “Yo soy feo, porque mi papá dice que soy feo, ¡y quiero ser feo!”; ¡Uf, qué maravillosos días!



Canción dedicada a ABEJITA




Para que quero - sephardic song;

 Anna Jagielska-Riveiro & MAAYAN



VIDEO


ENLACE PARA ESCUCHAR LA CANCIÓN 

EN ESTA DIRECCIÓN:


miércoles, 26 de septiembre de 2012

Lucrecia Trujillo Lizárraga, mi abuela




Esta foto es de mi abuelita Lucrecia Trujillo Lizárraga; de todos mis abuelos es a la que más traté. Ella murió hace como diez años, pero era el centro de la familia. Fue una persona muy inteligente y ¡la más linda abuelita!. Todos los que la conocían, lo primero que decían al hablar con ella, eran estas palabras: "¡Qué inteligente es tu abuelita!"

Mi abuelita nació en la Ciénega, un rancho del municipio de Cosalá; pero después pasó a vivir a la Higuera Larga, otro rancho de Cosalá. 
Mi abuelita muy niña quedó huérfana de padre y madre, y después de haber vívido con mis tatarabuelitos Francisco Trujillo y mi tatarabuelita Julia, "Mamá Julia", allá en Cosalá, se la trajeron a vivir mis tías bisabuelas, Julita y Panchita Trujillo, a Culiacán. Entonces tendría como 8 años. Se la trajeron a vivir al mero centro de Culiacán; pues vivió en la casa de mis tías bisabuelas, que estaba ubicada en la calle Rubí, entre Colón y Madero. O sea, en el mero centro de Culiacán. Mis tías bisabuelitas le dieron la mejor educación que entonces se podía dar a un mujer; y pues estoy hablando de hace casi 100 años. Pues mi abuela llegó a ser algo así como secretaria y especialista en contabilidad.

Pero mis tías bisabuelas también eran bastantes estrictas con mi abuelita; le celaban en exceso que tuviera novio. Pero si hay algo que me gusta mucho de ellas, es que le enseñaron a mi abuelita un valor muy importante: El valor de la hospitalidad. Pues mis tías bisabuelas Trujillo y mi abuelita Lucrecia siempre ayudaron a cuanto pariente estuvo necesitado; fueron un montonal a los que le dieron cobijo en sus respectivas casas. Yo siempre he creído que gran parte de la forma de ver el mundo de mi familia actual, se debe a la forma de ver el mundo de la familia Trujillo. Aunque por parte de la familia Quiñónez también se practicaba mucho la solidaridad con los parientes. Y bueno, además, cuando mi abuelita se casó con mi abuelito Juan Quiñónez Figueroa, pasó  ella a vivir precisamente enfrente de la casa de mis tías bisabuelas Trujillo. Ellas eran dos señoras que vivían al estilo de rancho; todos mis primos recuerdan que tenían un montón de gatos, y muchos árboles frutales; y yo las recuerdo también como señoras de rancho.

Lo cierto es que la casa de mis tías bisabuelas, Francisca y Julita, era el centro de todos los Trujillo de Cosalá. En esa casa vivieron muchos primos y sobrinos de mi abuelita. El más querido por nosotros fue mi tío Samuel Trujillo Campos, que hace poco murió. Y lo digo porque mi tío Samuel amaba a mi papá y  siempre lo protegía. Creo que mi tío Samuel sentía mucho orgullo de sus primos Quiñónez Trujillo.

Pero en realidad los Trujillo salieron huyendo de Cosalá, cuando llegaron los Colorados, en la época de la revolución mexicana. Y sé que les quitaron muchas tierras después; porque mi familia no es que fuera rica, sino que era de lecheros y tenía ganado, y pues muchas tierras. Después esas tierras de la familia en Cosalá valdrían mucho; pues porque tenían (o tienen) muchos cedros.

Mi abuelita era nieta, por los Trujillo, de mi tatarabuelito Francisco Trujillo; del que sabemos que tuvo un hermano: Maximino Trujillo; y de quienes también sabemos que eran de origen judío; según decía mi tía bisuabuela Lupe Trujillo. (Esta tía se fue a vivir a los Estados Unidos, y allá dejó descendencia) Pero a mi abuelita Lucrecia no le gustaba mucho eso del origen judío; porque ella creía que los judíos habían sido muy malos con Cristo. Estas cosas de la educación de entonces.

Y pues de su familia materna, los Lizárraga, sólo sé que mi bisabuela se llamaba Josefa Lizárraga.  Y que ella quedó viuda pronto de mi bisabuelito, el papá de mi abuelita Lucrecia, al que sé que le decían: "El prieto"; porque mientras que todos mis tíos bisabuelos Trujillo eran pelirrojos, él tenía el pelo negro. Mi bisabuelito murió trágicamente; pero eso no lo voy a contar porque me da pena; sólo les diré que murió por mujeriego. ¡Ah!, y para variar, también se llamaba Guadalupe.

De los Lizárraga recuerdo con gran alegría a dos de mis tías abuelas: a mi tia Marcela y a mi tía Esperanza -- para mi abuela ellas siempre fueron: "Las muchachas", aunque se caían de rucas, je-- . Eran bien bonitas personas y bien guapas. 

También recuerdo a un primo de mi papá que se llevaba buscando parientes Lizárraga: A mi tío Miguelito; quien también ya murió. Era bien chistoso. Un día le contó a mi papá su "estrategia"  con las mujeres. "Mira, Juan", le dijo, "de diez a las que les 'digo' por lo menos una cae"

Bueno, pues resulta que mi bisabuelita Josefa también se murió y se quedó totalmente huerfana mi abuelita. Y pronto se la llevaron a vivir con ellos mis tatarabuelitos Francisco Trujillo y Mamá Julia. Pero mi abuelita para entonces ya tenía medios hermanos; por su mamá: mi tío Benito Barrón Lizárraga y su hermana Paulita (Quien -me cuenta mi papá- ¡se sabía más de 100 cuentos!! y se los contaba a él) Estos dos hermanitos de mi abuelita eran dos morenitos muy guapos.

El otro era hijo de mi bisabuelo, el papá de abuelita. Y sé que lo tuvo con una prima de él: pues esa mujer era también  una Trujillo. Este fue el medio hermano de mi abuelita, o  mi tío Lupe Trujillo. Y también fue un niño muy chistoso. Mi abuelita Lucrecia me platicó un día que mi tío Lupe, su hermano, era bien travieso y que por las loqueras que decía,  de juego le decían en la casa de mis tatarabuelitos: 'Lupe el tonto'. Es que le decían mis tatarabuelitos, en las noches, antes de acostarse: "Lupe, quítate los zapatos" Y mi tío Lupe, que entonces tendría unos 7 años, les contestaba: "Mmm, para que me los quito, si mañana me los tengo que volver a poner"  Pues todo esto ocurría allá por los años veintes del siglo pasado, en un rancho de Cosalá.
.
Ya después, de muchacha veinteañera, mi abuela llegó a ser gerente de un hotel. Y creo que todavía queda el cascarón de ese hotel enfrente del ISIC o de Difocur, en el centro de Culiacán.

¡Ah!, pues mi abuelito Juan se enamoró perdidamente de mi abuelita Lucrecia cuando la conoció: pues ella parecía artista de cine - según me contó mi tía Chela Lizárraga; aunque no me hagan mucha caso a mí, porque yo suelo echarle mucha cremas a mis tacos, ja, ja - y ellos tuvieron una loca historia de amor -Pero es verdad que mi tía Marcela me decía eso; eso de que mi abuela parecía artista de cine.

Pero todos en la familia cuentan que mi abuelito Juan admiraba mucho la gran inteligencia de mi abuelita. Juntos, mi abuelo y mi abuela, levantaron la zapatería Quiñónez -que por algunos años llegó a ser la más grande de Culiacán-; pues aunque mi abuelito era muy trabajador, y muy bueno para llevar a cabo negocios, no cabe duda la gran fortaleza que le dio mi abuela. 

Pero también a mi abuelito Juan lo describen algunas ancianitas actuales - pues algo así como con mucho humor -- como "un perro bichi (desnudo)", pues era tremendamente mujeriego. Porque tal parece que le tiró el can a muchas de ellas cuando eran jovencitas. Y pues al final mi abuelita sí sufrió bastante con él.

¡Ah!, pero mi abuelita dominaba a todos sus nietos solapadamente; era bien astuta. Todos le preguntábamos: "Abuelita, ¿quién es tu nieto o nieta preferido?" Y a todos nos decía: "Tú". 

Pues mi abuelita Lucrecia y mi abuelito Juan tuvieron 4 hijos hermosos: Un hombre y tres mujeres. Todos fueron bien bonitos de jóvenes. Y creo que aún se les ve la belleza de viejos.

Además, mis abuelitos Juan y Lucrecia  tuvieron 13 nietos; ahora sólo vivimos 12; y actualmente hay 19 bisnietos de ellos; todos unos niños y jovencitos bien guapos y guapas. 


Claudia Isabel Quiñónez Gámez

martes, 25 de septiembre de 2012

viernes, 7 de septiembre de 2012

LA MONA LISA



Esta fotito me la tomaron ayer en mi casa
Cuando la vio mi hermano, dijo: "¡La Mona Lisa!"


martes, 4 de septiembre de 2012

Poema nuevo, de septiembre. Del libro ANGELICUS: VIAJE AL CENTRO DEL ALMA



ESTANCIAS



I

Extiendes la tela con mi nombre
sobre tu mesa-corazón

Debajo de la mesa late un cántaro

colmado de dulce fuego

¿Será de la sangre con que nos hemos fundido?



II

Vas a preparar la lana blanca, ángel mío

Para que el dolor no mulla el canto


de la tela en donde quedarán pintados
nuestros nombres



III

Conserva la tela la tintura;
la brillantez de una preparación conveniente

Las alas de los ángeles
atrapan las palabras del viento

y las vuelven palomas



IV

No tengo empacho del blanco
No tengo empacho del rojo


V

También con palabras llenó el cordero
el corazón de los hombres



VI

Las palomas rojas son besos
sobre una carta

Abren sus alas para besar el pensamiento
con su manto púrpura



VII

Con este manto rojiblanco
estamos desnudas

Porque nos cubre la nieve de la palabra
y la sangre de la tinta



VIII

Aun así oiremos la música de la piel

En el sexto sentido de los ángeles
confluyen los otros sentidos

Mancas, nos sobrará tela como piel

para podar a nuestros otros corderos




(Del libro en proceso de escritura:
Angelicus
Viaje al centro del alma)

Claudia Isabel Quiñónez
4 de septiembre del 2012
Culiacán, Sinaloa.